Por Dr. Roberto Ipinza, director Araucanía y los Ríos, Sociedad Nacional Forestal A.G.

Imagina por un segundo que tu piel se resquebraja bajo un calor insoportable que no que no pediste. Eso es lo que sienten los pequeños y medianos propietarios y pymes agroforestales, que ven cómo la mala intención del hombre quema sus bosques, sus viviendas y cosecha agrícolas, y cultivadas por tantas décadas. Peor aún, cómo el fuego cobra una gran cantidad de vidas humanas.

Es una situación traumática, afecta la vida, la salud, la economía y el bienestar diario.

Pensando que en marzo asumen nuevas autoridades de gobierno y parlamento principalmente, la pregunta que el gremio de las pequeñas y medianas empresas forestales se hace en este momento tan duro es, ¿cómo podemos trabajar juntos para frenar esta crisis y proteger a los más desprotegidos? Sobre todo a los vecinos de nuestros poblados rurales que pierden todo a causa de los incendios forestales.

Los bosques cultivados por más de 20 años que se reducen a cenizas cuando arrasan estos siniestros intencionales, esta reflexión no es un lamento. En En el Biobío los árboles no mueren por accidente, son víctimas de una mano que decide herirnos a todos. Más del 90% de los incendios aquí son intencionales, convirtiendo nuestro ecosistema en un sujeto que sufre, respira y sangra cenizas.

Es aire que se asfixia con el humo, es suelo el que pierde su fertilidad para siempre, es hogar el que queda expuesto y es destruido, son seres queridos perdidos.

El fuego provocado no es una travesura, es una cicatriz en la piel viva de nuestra comunidad, resiliente, y que afecta al desarrollo de sus territorios.

Fuente: Austral de Valdivia

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