En el sector rural de Chamizal, comuna de El Carmen, Región de Ñuble, el sonido de la madera al ser trabajada todavía marca el ritmo de los días. Allí vive y trabaja Carlos Martínez, artesano de 51 años, nacido en el mismo lugar donde hoy levanta su espacio laboral. No es una fábrica ni un galpón industrial: es un humilde taller, construido con esfuerzo propio, donde cada silla, mesa o marquesa se hace a mano, como se hacía antes.
Carlos no aprendió el oficio en una escuela técnica ni en un instituto. Lo hizo mirando, ayudando y repitiendo los gestos de su padre, quien le dejó la madera como herencia. “Yo estudié hasta sexto básico nomás”, cuenta con naturalidad. Salir a estudiar fuera del sector era difícil, por la distancia y las condiciones. Pero nunca sintió que eso fuera un límite. Al contrario, encontró en la madera un camino claro y honesto para vivir.
Herencia viva
Su padre también fue artesano. La familia tiene raíces en Trehualemu, pero cuando su padre tenía cerca de 50 años se trasladaron a Chamizal, donde compraron el terreno y echaron raíces definitivas. Allí creció Carlos, entre herramientas simples, troncos, olor a madera fresca y trabajo duro. “Desde chiquitito me gustó”, recuerda. Lo primero que hizo fueron pequeños pisos de madera, y luego comenzó ayudando a torcer la pita para las sillas, una tarea lenta y exigente.
En esos años no había máquinas. Todo se hacía a mano. El torno era artesanal, hecho con elásticos y correas de cuero. Con el tiempo, Carlos fue perfeccionando el oficio, aprendiendo a mirar los muebles ajenos y soñando con poder hacerlos él mismo. “Veía una mesa, una puerta, una marquesa, y decía: algún día voy a hacer eso”. Y lo logró.
Oficio paciente
Las sillas fueron su primer gran producto y siguen siendo su sello. Luego vinieron las marquesas, mesas, cómodas, veladores y otros muebles. Todo a pedido. Carlos no trabaja con stock: cada encargo tiene nombre y destino. Una silla puede tomarle un día completo, pero un juego de varias sillas implica semanas, porque el trabajo se mezcla con las labores del campo y con otros encargos.
La pita, elemento clave en muchas de sus sillas, es quizás lo más complejo. Proviene de plantas que crecen en el sector. El proceso es largo: cortar las hojas, hervirlas, secarlas al sol, lavarlas, volver a secarlas y finalmente torcerlas a mano. Solo preparar la pita puede tomar entre 10 y 15 días. No es extraño que muchos jóvenes desistan. “Hoy a la juventud le gusta todo rápido”, dice Carlos, consciente de que esta tradición está en riesgo de desaparecer.
Trabajo constante
Aunque no usa redes sociales ni participa regularmente en ferias, Carlos tiene trabajo permanente. El boca a boca ha sido su mejor publicidad. Sus muebles han llegado a Chillán, Iquique e incluso Puerto Montt. “Gracias a Dios, me faltan manos”, dice, sin quejarse. Su teléfono circula entre clientes y recomendaciones, y eso basta.
Trabaja de lunes a lunes. Algunos días comienza a las 6 de la mañana; otros, entra al taller cerca de las 9. Puede terminar a las 10 de la noche, especialmente cuando está en etapas finas del trabajo. Aun así, reconoce que le gustaría bajar un poco el ritmo, descansar los domingos y conocer más allá de El Carmen.
Madera noble
Carlos trabaja principalmente con raulí y castaño, maderas nobles, firmes y duraderas. Parte de la madera la obtiene de su propio terreno; otra, la compra a proveedores locales. La selección es clave: no sirve cualquier madera. Debe ser lisa, sin nudos, porque un nudo puede arruinar una pieza completa.
Para él, la madera no es solo un material: es parte de su vida. “Es el don más bonito que me dio Dios”, afirma. Ha probado sembrar papa, trigo, frutillas, pero nada le dio lo que le da este oficio. No solo ingresos, sino sentido. “Yo voy a morir haciendo este trabajo”, dice con convicción.
Tradición en riesgo
Carlos no tiene herederos en el oficio. Su hija eligió otro camino y no hay, por ahora, jóvenes interesados en aprender. Eso le preocupa, pero no desde el egoísmo. “La tradición debería seguir. No hay que guardarse el conocimiento”. Sabe que su trabajo representa algo más grande: una forma de relacionarse con la madera, con el tiempo y con las cosas bien hechas.
Sus sillas, asegura, pueden durar generaciones. “No es como un mueble de tienda. Esto es eterno. Usted se sienta y no tiene que pensar en comprar otra silla en un año”. En cada pieza hay horas de trabajo, pero también una filosofía: hacer poco, hacer bien y hacer para durar.
Desde Acoforag valoramos el trabajo de Carlos Martínez, destacando que su oficio representa una relación respetuosa y sostenible con la madera. Su labor rescata una tradición que da valor agregado al recurso forestal y fortalece la identidad local.
El reportaje en la Revista Acoforag
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