A comienzos de la década de 1980, Gonzalo Mardones trabajaba en un campo familiar ganadero y forestal en el sector de Panguipulli, en el sur de Chile. Médico veterinario de formación, nunca imaginó que el bosque nativo que rodeaba las praderas —compuesto por coigüe, raulí y tepa— sería el eje de un proyecto industrial que hoy abastece a ferrocarriles, vialidad, puertos y mercados internacionales. En ese entonces, el bosque era visto únicamente como un área de preservación, sin un rol productivo definido.
La crisis del precio de la leche, provocada por la importación de productos subsidiados desde Europa, cambió el escenario. “Por cada litro de leche que producíamos, perdíamos dinero. No nos comimos las vacas, pero las vendimos”, recuerda Mardones. Ese quiebre obligó a replantear el uso del predio y mirar el bosque desde otra perspectiva.
Punto de quiebre
Con apoyo técnico de la Universidad Austral de Chile, la familia inició planes de manejo forestal y puso en marcha un aserradero. El primer gran cliente fue Ferrocarriles del Estado, que demandaba madera de coigüe para durmientes. El negocio creció rápidamente, al punto de superar la capacidad del propio campo. Comenzaron a comprar madera a vecinos, luego a terceros, y finalmente decidieron vender el predio para enfocarse de lleno en la actividad industrial.
Durante los años 90, la empresa multiplicó su volumen de comercialización y comenzó a detectar una limitante crítica: la madera sin preservación tenía una vida útil muy corta. Los durmientes no tratados se deterioraban en menos de cinco años, generando altos costos de reposición y problemas de seguridad. En contraste, Mardones observó que, en Estados Unidos, donde existe la red ferroviaria más extensa del mundo, el 95% de los durmientes son de madera preservada, con una vida útil promedio superior a los 30 años.
Ese diagnóstico fue decisivo. En 1998, tras estudiar experiencias internacionales, la empresa invirtió en la creación de una planta de preservación industrial en Yumbel, Región del Biobío, incorporando tecnología y know-how estadounidense. Así nació Mardones – BPB Creosote Treaters S.A. como un actor pionero en la impregnación de madera nativa en Chile.
Salto tecnológico
Desde la puesta en marcha de la planta, la empresa ha suministrado durmientes para el Metro de Valparaíso y los tramos de ferrocarriles La Calera – Alameda y Chillán – Puerto Montt (más de 1.000 km de vías férreas). Hoy, cerca de dos millones de durmientes de madera preservada sostienen esa red. El impacto ha sido directo y medible: Ferrocarriles del Estado pasó de reemplazar entre 200 mil y 250 mil durmientes al año a solo 45 o 50 mil, reduciendo costos operativos y mejorando la seguridad del sistema.
La clave está en el proceso industrial. La planta de Yumbel es la única en Chile que impregna madera nativa mediante temperatura y presión controladas, utilizando autoclaves de gran tamaño. El preservante, una mezcla de creosota y petróleo pesado, permite proteger la madera contra hongos, insectos y humedad, extendiendo su vida útil a 30 o incluso 40 años, dependiendo de las condiciones de uso.
La diversificación fue otro paso estratégico. Mardones Ingeniería amplió su oferta a puentes rurales, pasarelas, muelles y defensas portuarias. En Chile existen cerca de 3.000 puentes de madera, muchos con diseños centenarios y construidos con madera sin tratar, cuya vida útil no supera los cinco a siete años. Reemplazarlos por estructuras de hormigón tendría un costo estimado de más de US$ 1.700 millones, una cifra difícil de abordar para el país en el mediano plazo.
Infraestructura estratégica
Frente a ese escenario, la empresa desarrolló soluciones de madera preservada con diseño estructural moderno, capaces de soportar carga completa de hasta 45 toneladas. A la fecha, ha instalado 11 puentes tecnificados en las regiones del Biobío y La Araucanía, con proyecciones de durabilidad superiores a los 50 años.
En el ámbito portuario, sus productos se utilizan como defensas en muelles de pescadores artesanales, donde la madera actúa como elemento flexible que protege tanto a las embarcaciones como a las estructuras de hormigón.
El alcance del modelo ha traspasado fronteras. Mardones Ingeniería ha exportado durmientes a Colombia, Perú, Bolivia, Costa Rica, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Corea del Sur, Arabia Saudita y Egipto, demostrando que el bosque nativo chileno, bien manejado y transformado con tecnología, puede competir en mercados internacionales exigentes.
Para Gonzalo Mardones, el desafío es también cultural. “Cerrar el bosque y no manejarlo es un error ambiental y social”, afirma. En su visión, un bosque joven y bien manejado captura más carbono, genera empleo en zonas rurales y contribuye a la descentralización. El manejo sostenible del bosque nativo, sostiene, no es una amenaza, sino una oportunidad estratégica para Chile: infraestructura duradera, menor huella de carbono y desarrollo territorial con identidad y valor agregado local.
Desde la Acoforag valoramos la trayectoria de Mardones Ingeniería en Madera como un ejemplo concreto de cómo el manejo responsable del bosque nativo, combinado con innovación y visión de largo plazo, puede transformarse en infraestructura estratégica para el país.
El reportaje en Revista Acoforag
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