En un pequeño taller levantado en el patio de una casa en Labranza, Temuco, nació uno de los muebles que hoy identifica a Taller de Jade: el wanco espigado con cuñas, un banco de madera nativa que comenzó como una prueba y terminó transformándose en el producto más solicitado de este emprendimiento familiar.
Detrás del proyecto están José Suazo y su padre Miguel, quienes tras décadas de trabajo en carpintería y construcción decidieron iniciar un camino propio. Lo que comenzó con herramientas básicas, sin capital y en un espacio de apenas 3 por 5 metros, hoy envía muebles a distintas regiones de Chile y se ha convertido en un símbolo de perseverancia y oficio heredado.
El nombre del taller tiene un origen sencillo: “Nació porque mi perrita se llama Jade”, cuenta José. Con ese nombre bautizaron el proyecto hace cuatro años, cuando su padre se jubiló tras toda una vida en la carpintería. “Siempre tuvo la idea de tener su propio taller, más como hobby. Cuando se jubiló vimos la oportunidad de intentarlo”, recuerda.
José había estudiado construcción civil y programación, aunque no terminó esas carreras. Sin embargo, el oficio heredado y las ganas de emprender bastaron para comenzar. “Partimos sin recursos ni herramientas. Lo único que teníamos era la experiencia de mi papá y las ganas de trabajar”, explica.
Primeros pasos
Al inicio no tenían claro qué fabricar. Probaron con distintos materiales, pero comenzaron con algo sencillo: tablas de carne en roble. Ese primer producto les permitió descubrir que los clientes valoraban especialmente la madera nativa. Con esa idea se animaron a avanzar hacia muebles más complejos. El primer intento fue una mesa, cuyo proceso tomó cuatro meses. Aunque lento, marcó un punto de inflexión.
Mientras intentaban venderla, José encontró en internet el diseño de un pequeño taburete con asiento curvo. Decidieron probar suerte y fabricaron uno con la poca madera disponible. Lo publicaron en redes sociales y se vendió en tres días: era el primer wanco del taller. “Ahí nos dimos cuenta de que podía ser un buen camino”, dice José.
Aunque el modelo no corresponde exactamente al wanco tradicional mapuche, sí se inspira en esa estética y en el uso de madera nativa. En Taller de Jade lo adaptaron con un sistema de ensamble espigado con cuñas, que asegura firmeza sin tornillos visibles. Ese detalle se convirtió en sello del producto. “El impacto que produce la madera nativa dentro de una casa se nota al tiro”, comenta.
Crecimiento y reconocimiento
Con el tiempo comenzaron a llegar más pedidos, primero desde La Araucanía y luego desde otras regiones, especialmente Santiago. Hoy el wanco es el producto más reconocido del taller. Sus dimensiones estándar son 45 cm de largo, 35 de profundidad y 45 de altura, aunque muchos clientes solicitan medidas personalizadas.
A partir del éxito del wanco, el catálogo se amplió: mesas de centro, de comedor, bancas y mesones, todos inspirados en el mismo diseño base y fabricados de manera artesanal. El trabajo se divide entre padre e hijo: Miguel se dedica al tallado y los ensambles, mientras José prepara la madera y realiza el dimensionado inicial. Usan principalmente roble y coihue, adquiridos en barracas locales, privilegiando madera seca y almacenada durante años para garantizar estabilidad.
Una de las etapas favoritas llega al final, cuando aplican cera de abeja o sellantes naturales. “Ahí uno queda impactado de lo que sale de la madera”, dice José.
Identidad y oficio
Hoy Taller de Jade funciona bajo un sistema de pedidos: cada producto entra en una agenda y se fabrica según orden de llegada. A pesar del aumento en la demanda, la idea es mantener el carácter artesanal. “No queremos industrializar todo, sino mantener un estilo propio y personalizado”, explica José.
Los wancos se han instalado en hogares, proyectos de interiorismo y restaurantes, donde diseñadores los integran en espacios de estética natural y cálida. Para José, el valor está en el proceso: “Crear algo con las manos y ver cómo la gente lo incorpora en su casa es lo más bonito”.
Desde Acoforag destacan precisamente ese aporte: la madera, cuando proviene de cadenas productivas responsables, no solo entrega identidad cultural y estética, sino que también impulsa economías regionales y promueve materiales renovables con menor huella ambiental.
El reportaje en la Revista Acoforag
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