El abandono de terrenos forestales tras los incendios se está convirtiendo en un factor clave en la propagación y severidad de los siniestros que afectan las zonas rurales y la interfaz urbano-rural en Chile. Así lo advirtió el Dr. Eduardo Peña F., ingeniero forestal y académico de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción, quien aseguró que las pérdidas económicas y el alto riesgo de nuevos incendios están desincentivando a los pequeños y medianos propietarios a continuar con la actividad forestal.
"Los incendios frecuentes en áreas con suelos de aptitud forestal, donde no es posible desarrollar otro tipo de cultivo, están llevando a que muchos propietarios no continúen en la producción forestal por el alto riesgo de volver a quemarse y no recuperar su inversión", explicó el especialista.
Según detalló, cuando una plantación forestal se quema antes de los diez años de edad, la pérdida económica es total. Solo el costo de plantación, manejo y administración supera el millón de pesos por hectárea. Si el propietario decide reforestar, debe realizar una nueva inversión similar y esperar entre 15 y 25 años para obtener ingresos, lo que puede significar que un predio permanezca entre 30 y 35 años sin producción.
El académico señaló que esta situación está provocando el abandono de numerosos terrenos forestales, los que posteriormente se transforman en matorrales compuestos por especies introducidas, rebrotes de eucaliptos y regeneración natural de pinos. Esta vegetación corresponde, en gran medida, a combustible fino que, en un plazo de siete a diez años, acumula suficiente carga para sostener incendios de rápida propagación y difícil control.
Como ejemplo, Peña mencionó el incendio de Trinitarias, registrado en 2026 entre Penco y Lirquén, cuya velocidad de propagación fue estimada en diez veces superior a la habitual.
Planificación del territorio y manejo del combustible
El investigador afirmó que las experiencias recientes de los incendios ocurridos en Valparaíso (2024), Penco-Lirquén (2026) y en países como España y Francia durante este año evidencian la necesidad de replantear la planificación de la vegetación en torno a los centros poblados.
"Debemos asegurarnos de que el fuego no pueda llegar por la superficie hasta las viviendas. Los cortafuegos tradicionales deben mantenerse, pero en las zonas de mayor riesgo es necesario complementarlos con franjas adicionales donde se realicen podas y retiro de combustible vegetal", sostuvo.
El Dr. Peña explicó que, en sectores con vegetación densa o viviendas ubicadas en la parte alta de cerros, se recomienda sumar aproximadamente 70 metros adicionales de manejo del combustible. Con ello se disminuye la posibilidad de incendios de copa y la generación de pavesas capaces de alcanzar las áreas urbanas.
Asimismo, enfatizó que las viviendas ubicadas en la interfaz urbano-rural deben mantenerse libres de combustible fino muerto, como pasto seco, hojarasca, musgos y líquenes acumulados en patios, techumbres y canaletas.
"Las pavesas pueden desplazarse hasta dos kilómetros impulsadas por el viento, por lo que una adecuada preparación de las viviendas resulta fundamental para reducir el riesgo de incendios urbanos", indicó.
El especialista recordó que la localidad de Punta de Parra, en la comuna de Penco, resultó gravemente afectada durante los incendios de 2026 debido, entre otros factores, a la ausencia de cortafuegos en su costado sur y a la presencia de material combustible en numerosas viviendas.
El desafío del aislamiento urbano
El académico sostuvo que Chile debe avanzar decididamente en la gestión del combustible alrededor de los centros poblados, reduciendo, eliminando o modificando la vegetación que representa un mayor riesgo de propagación del fuego.
Además, advirtió que la plantación de especies nativas en las zonas periurbanas no constituye, por sí sola, una solución definitiva.
"Existe la percepción de que un bosque nativo no se quema, pero si no recibe manejo puede acumular combustible con el paso del tiempo. Incluso, algunas especies nativas presentan velocidades de combustión superiores a las del pino y el eucalipto, como el naranjillo y el peumo", explicó.
Como referencia, recordó que el incendio ocurrido en Cochrane en 2019, que afectó bosque nativo, permaneció activo durante tres meses, mientras que los incendios registrados en el Parque Nacional Los Alerces, en Argentina, durante 2026, se prolongaron por cerca de dos meses y solo pudieron ser extinguidos gracias a las precipitaciones.
Una responsabilidad compartida
Finalmente, el Dr. Eduardo Peña advirtió que uno de los principales desafíos en materia de prevención corresponde a la preparación de cortafuegos por parte de pequeños y medianos propietarios forestales, quienes muchas veces no cuentan con los recursos suficientes para implementarlos.
"Esto se transforma en un verdadero talón de Aquiles por donde el fuego puede ingresar hacia los centros urbanos", señaló.
Actualmente, organismos públicos, empresas forestales y la Red de Prevención Comunitaria colaboran en la construcción y mantención de miles de metros de cortafuegos en diversas localidades del país. Sin embargo, el académico afirmó que la prevención de incendios debe ser abordada de manera integral, incorporando también la planificación urbana mediante calles, parques y espacios abiertos que actúen como barreras frente al fuego.
"El problema de los incendios rurales y de la interfaz urbano-rural es extremadamente complejo y posee altas probabilidades de transformarse en una catástrofe. Por ello, debemos entender que es una responsabilidad compartida. Solo así la prevención y el control de los incendios serán realmente efectivos", concluyó.
Puedo adaptarlo también a un formato más periodístico, con bajada y subtítulos, si será publicado en un medio digital.
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