Durante dos décadas, la vida de Claudia Catileo transcurrió entre cajas, números y atención de público en BancoEstado. Su historia, sin embargo, no comenzó en el sur. Nacida en Santiago, llegó siendo niña a la provincia del Biobío, donde terminaría echando raíces definitivas.
Estudió Ingeniería en Administración de Empresas mientras criaba a su hija y trabajaba, construyendo una trayectoria estable que parecía proyectarse sin sobresaltos. Pero la pandemia lo cambió todo.
Separada, sin redes de apoyo y con su rol de tesorera imposibilitado de adaptarse al teletrabajo, enfrentó una decisión límite: continuar en un sistema que ya no le daba opciones o dar un salto al vacío. Optó por lo segundo. Renunció.
“No tenía alternativa”, recuerda. Y aunque recibió su finiquito completo, el dinero no tardó en diluirse entre gastos, deudas y la necesidad de sostener a su familia. Probó distintos trabajos: vendió ropa, trabajó como garzona, buscó reinventarse sin un rumbo claro. Hasta que apareció una idea que, sin saberlo, cambiaría su vida.
El camino en redes
Fue en redes sociales donde Claudia encontró su nuevo camino: una máquina CNC capaz de tallar madera con precisión milimétrica. “Me enamoré”, dice sin rodeos. Durante años observó, aprendió y soñó con tener una, aunque sin comprender del todo la complejidad que implicaba.
Finalmente, con recursos obtenidos tras vender una propiedad y el apoyo de un fondo de Sercotec, logró adquirir su propia máquina. La instaló en una bodega de más de 60 metros cuadrados en su casa en Antuco, un espacio que antes sentía vacío y que hoy es su taller.
El inicio no fue fácil. Sin conocimientos en diseño digital ni mecanizado, tuvo que aprender desde cero. “Pensé que la máquina hacía todo sola, pero hay que saber diseñar, programar, entender los errores”, reconoce. Aun así, persistió.
Nueva vida
Hoy, Claudia trabaja principalmente con madera nativa. Diseña y produce desde tablas y muebles hasta piezas decorativas con identidad local, incorporando incluso arena volcánica en algunas creaciones.
Pero su vínculo con la madera va más allá de lo técnico. “Me gusta ver sus vetas, sus fallas. Para mí son como las heridas de las personas, cuentan una historia”, explica. Esa mirada le ha permitido desarrollar un estilo propio, donde cada pieza tiene un relato.
A seis meses de haber iniciado su emprendimiento, Claudia avanza paso a paso. Ha encontrado en ferias locales su principal canal de ventas, especialmente con turistas, aunque reconoce que el mundo digital aún es un desafío pendiente.
“No pensé que sería tan difícil dejar un sueldo fijo”, admite. El frío de las ferias, la inestabilidad de los ingresos y la presión de sostener su hogar son parte de su nueva realidad. Sin embargo, no contempla rendirse.
“Dependen de mí mi hija, mis animales, mi casa. No puedo bajar los brazos”, dice con convicción.
Entre la incertidumbre y el aprendizaje, Claudia Catileo construye una nueva vida, donde cada pieza de madera no solo refleja su oficio, sino también su historia de resiliencia.
En Acoforag valoramos profundamente el esfuerzo, la perseverancia y la valentía de Claudia, quien decidió reinventarse y abrirse camino en el mundo de la madera.
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