La relación entre los incendios forestales y los posteriores aluviones ha vuelto a instalarse en el debate público tras el evento ocurrido en la cordillera de Las Condes. Sin embargo, para Eduardo Peña, ingeniero forestal, magíster en Ciencias Forestales por la University of Montana, Estados Unidos, y doctor ingeniero de Montes por la Universidad de Córdoba, España, atribuir a la superficie quemada un papel determinante en la magnitud de este aluvión no se ajusta a las características específicas del caso.

El académico de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción sostiene que, si bien el incendio pudo contribuir en alguna medida al escurrimiento superficial, su influencia habría sido marginal en comparación con otros factores que explican la magnitud del fenómeno.

“En este caso específico, la respuesta es no. La zona quemada puede explicar una parte pequeña del aluvión, pero, dentro de la magnitud del evento, su efecto es marginal”, plantea Peña.

La cobertura vegetal y el efecto del incendio

Según explica el especialista, una de las razones para relativizar la incidencia del incendio es la escasa cobertura de pastos y arbustos existente en el sector afectado. Esta vegetación tendría una capacidad limitada para interceptar el agua de lluvia, estimada por el académico entre un 5% y un 7%, con un máximo que no superaría el 10%.

Para dimensionar esa diferencia, Peña compara estas condiciones con las de un bosque denso o una plantación de pino, cuya cobertura vegetal puede interceptar entre un 30% y un 35% del agua precipitada.

A ello se suma que las aproximadamente 800 hectáreas afectadas por el incendio representan solo una parte de la cuenca que contribuyó al evento. Por esta razón, el especialista estima que la influencia de la superficie quemada sobre el volumen total de agua que escurrió habría sido inferior al 7%.

Desde esa perspectiva, Peña sostiene que, incluso si el incendio no hubiese ocurrido, las condiciones del terreno y las características de las precipitaciones habrían permitido igualmente un escurrimiento importante. Por lo tanto, la ausencia del fuego no habría significado necesariamente una reducción sustancial de la magnitud del aluvión.

El académico también advierte que, si el sector se utiliza para pastoreo temporal, la capacidad de retención de agua de la vegetación podría ser todavía menor, debido al consumo de biomasa por parte del ganado. Además, el pisoteo de los animales puede compactar el suelo y favorecer el escurrimiento superficial.

Intensidad de la lluvia y aporte de agua en altura

Para Peña, los factores más relevantes del episodio están relacionados con las condiciones meteorológicas y la cantidad de agua que llegó a la cuenca en un periodo muy breve.

Uno de los elementos que destaca es que la cota de nieve se encontraba más alta de lo habitual, alcanzando aproximadamente los 2.800 metros. Esto habría permitido que una mayor proporción de la precipitación llegara en forma de agua a sectores donde, en otros episodios, parte de ella quedaba almacenada temporalmente como nieve.

Sin embargo, el especialista identifica la intensidad de las precipitaciones como un factor especialmente importante. Según los antecedentes que expone, se registraron 10 milímetros de lluvia en media hora, volumen equivalente a unas 100 toneladas de agua por hectárea.

Cuando el agua llega al terreno en cantidades tan elevadas y en un periodo reducido, la capacidad de infiltración del suelo puede resultar insuficiente. En consecuencia, una parte importante del agua escurre por la superficie y se concentra en quebradas y cauces.

Al mezclarse con tierra y sedimentos, el flujo adquiere una mayor densidad y capacidad de arrastre, lo que le permite transportar piedras de gran tamaño y otros elementos pesados. En esas condiciones, explica Peña, incluso un vehículo puede ser arrastrado por la corriente, debido a las fuerzas que actúan sobre él y a su capacidad de flotación.

Rediseñar la evacuación de aguas y proteger el suelo

Frente a este tipo de episodios, el académico advierte que las soluciones no son simples, ya que buena parte de los sistemas de evacuación de aguas fueron diseñados para responder a condiciones de lluvia diferentes de las actuales.

“Todos los sistemas de evacuación de aguas fueron diseñados hace años, cuando los eventos de lluvia eran de menor intensidad, pero prolongados en el tiempo”, señala.

Por ello, considera necesario revisar y rediseñar estas infraestructuras para que puedan responder de mejor manera a precipitaciones intensas y concentradas en periodos breves.

Entre las medidas que propone se encuentra incrementar la cobertura vegetal, tanto por su capacidad de interceptar parte de la lluvia como por su aporte a la protección del suelo. También plantea incorporar desechos orgánicos sobre la superficie, con el propósito de mejorar su protección, reducir el impacto directo de las gotas de lluvia y disminuir la disgregación de las partículas del suelo, proceso que facilita el escurrimiento.

Otra alternativa es la construcción de piscinas de decantación capaces de retener sedimentos y reducir parte de la carga que transportan los flujos aluvionales. Como referencia, Peña menciona las obras implementadas hace años en la quebrada de Macul, donde se recurrió a este tipo de infraestructura para enfrentar los riesgos asociados a las crecidas y al arrastre de material.

El análisis del especialista pone el acento en la necesidad de abordar estos fenómenos desde una perspectiva integral, que considere las características de cada cuenca, la intensidad de las precipitaciones, la cobertura vegetal, la protección del suelo y la capacidad de las obras de evacuación y contención.

Más que atribuir la magnitud del aluvión exclusivamente al incendio, Peña plantea que comprender el peso relativo de cada factor resulta fundamental para orientar las medidas de prevención y reducir los riesgos frente a futuros episodios de lluvias intensas.

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