Por Ignacio Vera Izquierdo, gerente general de Forestal Santa Blanca

La incertidumbre generada por el alza sostenida del petróleo ha dejado de ser un fenómeno acotado para transformarse en un factor estructural que afecta tanto a la economía global como a Chile. En este escenario, los sectores intensivos en energía y logística enfrentan una presión creciente, siendo el forestal uno de los más expuestos debido a su dependencia crítica del transporte y de procesos industriales que utilizan combustibles fósiles de manera intensiva.

El impacto es directo y multidimensional. El encarecimiento del diésel eleva los costos de traslado desde la faena hasta los puertos y luego a clientes o puertos, mientras que el aumento de las tarifas energéticas encarece operaciones clave como el secado y la generación térmica. Este incremento genera un efecto dominó ineludible en toda la cadena de valor: el traspaso de precios entre intermediarios no es un juego de suma cero, y la cuenta final termina por presionar la inflación general, afectando insumos, servicios y mano de obra.

En este contexto, si bien el Gobierno ha implementado medidas focalizadas para paliar los perjuicios en sectores de menores ingresos, el margen de maniobrabilidad fiscal es escaso. La viabilidad de cada actor privado seguirá dependiendo de su capacidad de negociación y resiliencia. Esta dinámica devela una fragilidad profunda en la industria, donde los márgenes se estrechan peligrosamente ante la combinación de una menor demanda interna y nuevas barreras comerciales internacionales. Este escenario no solo tensiona a las grandes compañías, sino que pone en riesgo la continuidad de actores medianos y pequeños, amenazando con profundizar procesos de cierre y concentración.

Sin embargo, reducir este diagnóstico a una crisis sería incompleto; lo que está en juego es la capacidad de adaptación del sector. Para sostener la competitividad, la respuesta debe avanzar en tres líneas urgentes:

1. Eficiencia logística y operacional: Optimizar rutas y mejorar la gestión del transporte ya no son opciones, sino condiciones necesarias para sobrevivir al ciclo.

2. Diversificación energética: La incorporación de fuentes renovables y biomasa debe dejar de ser un objetivo de mediano plazo para transformarse en una prioridad que reduzca la exposición a la volatilidad de los fósiles.

3. Fortalecimiento del modelo de negocio: Es clave entender que, mientras los bosques como activo mantienen su valor estratégico por su captura de carbono, las industrias asociadas requieren condiciones que les permitan enfrentar ciclos de costos cada vez más exigentes.

La actual incertidumbre energética no será la última. La forma en que el sector forestal responda hoy definirá su capacidad de mantenerse como un actor relevante en un entorno global desafiante.



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