Por José Manuel Bellalta, gerente general de Grupo GB CINCO
Las recientes e intensas precipitaciones registradas en diversas regiones del país han dejado al descubierto desafíos que van más allá del colapso puntual de caminos fajas, puentes o sistemas de drenaje en las faenas forestales. Uno de sus efectos más críticos, pero menos visibles a simple vista, ocurre bajo la superficie: la erosión, la saturación hídrica y el arrastre de sedimentos o sustancias en la zona radicular de las plantaciones y terrenos forestales. Este fenómeno plantea una interrogante clave para los contratistas y actores del sector: ¿en qué condiciones quedan los suelos y la red vial de las operaciones una vez superada la emergencia inmediata?
Aunque las precipitaciones cesen, los impactos operativos y ambientales pueden prolongarse. El escurrimiento superficial acelerado y la movilización de agua en perfiles saturados no solo desestabilizan las vías de acceso e infraestructura crítica, sino que también desplazan nutrientes, sales e incluso contaminantes (procedentes de zonas industriales o de acopio) mediante procesos de lixiviación y arrastre. En los predios forestales, este movimiento afecta directamente la estructura y calidad del suelo, compromete la red de cursos de agua superficiales y subterráneos adyacentes, y genera riesgos significativos tanto para la continuidad operativa como para los ecosistemas circundantes.
Frente a este escenario, la respuesta tradicional —enfocada únicamente en despejar vías, reparar caminos madereros o limpiar infraestructura dañada— resulta insuficiente para garantizar un manejo sostenible. Se requiere ir un paso más allá y evaluar con rigurosidad técnica lo que ocurre bajo el suelo. La implementación de programas de monitoreo y caracterización ambiental permite determinar con exactitud la presencia, extensión, compactación y niveles de degradación o afectación de los terrenos intervenidos.
Este diagnóstico científico y preventivo resulta indispensable para que las empresas de servicios forestales puedan definir con precisión la estrategia adecuada a seguir. Por un lado, la recuperación se aplica a suelos afectados por la compactación severa derivada del uso de maquinaria, la erosión hídrica o la saturación por anegamiento, con el propósito explícito de restablecer sus funciones físicas, su capacidad productiva y su aptitud para la reforestación o las faenas. Por otro lado, la remediación se vuelve una medida fundamental cuando se detecta la presencia de sustancias o contaminantes en niveles que representan un riesgo directo para los cursos hídricos, la biodiversidad forestal o la salud de los trabajadores en terreno.
Avanzar hacia una estrategia preventiva y fundamentada en datos técnicos —superando la simple reacción ante la emergencia— no solo protege la productividad a largo plazo del patrimonio forestal. Constituye además una decisión clave para resguardar las fuentes de agua, garantizar la seguridad en las operaciones y reforzar el compromiso del sector contratista forestal con una actividad productiva y verdaderamente sostenible.
Comentarios (0)
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
Deja un comentario