El ingreso se abre paso entre un bosque verde y profundo, donde robles, coihues, ulmos, tepas, laureles y olivillos se elevan hacia el cielo formando un entorno majestuoso, propio del corazón de la Región de La Araucanía.
La luz se filtra entre las copas, el suelo huele a tierra y madera, y el silencio del lugar transmite una sensación de tiempo detenido. No se trata de un paisaje intervenido de manera reciente: es un bosque nativo con décadas de historia, que ha pasado por procesos naturales de regeneración y manejos selectivos a lo largo de generaciones.
En este entorno, los árboles muertos no son desechos. Permanecen en pie o caídos, cumpliendo un rol ecológico clave como refugio de insectos, aves y microorganismos. “Eso también es parte del bosque”, explican quienes trabajan aquí, conscientes de que la biodiversidad se sostiene tanto en lo vivo como en lo que ya cumplió su ciclo.
Faena diaria
El silencio se quiebra temprano. Desde las 8 de la mañana, una cuadrilla comienza la jornada. Son pocos, pero experimentados. Cargan herramientas, revisan equipos y se distribuyen por sectores previamente definidos. La maquinaria avanza con cuidado por caminos estrechos, marcando el inicio de una faena que exige precisión y respeto por el entorno.
Patricio Contreras Montoya, contratista forestal, observa y participa activamente en cada etapa. Lleva 17 años ligado al bosque, aunque su vínculo es mucho más antiguo: su abuelo y su padre fueron madereros, y él creció viendo ese oficio como parte natural de la vida. “Siempre me gustó, pero no siempre se da la oportunidad. Cuando se dio, me dediqué al cien por ciento”, relata.
El trabajo en bosque nativo es distinto al de plantaciones homogéneas. Aquí se realiza raleo selectivo, retirando ejemplares defectuosos o enfermos de especies como coihue, roble, ulmo, para dar espacio a los árboles que llegarán a la cosecha final. No hay grandes canchas de acopio; muchas veces el procesamiento se hace en el mismo lugar, árbol por árbol. La producción diaria varía según el terreno y las especies, pero puede alcanzar alrededor de 20 metros de leña y hasta 10 metros cúbicos en trozos.
La leña se comercializa principalmente dentro de la región, mientras que los trozos quedan en el mercado local. La exigencia de leña seca obliga a planificar con anticipación: lo que se corta un invierno, muchas veces se vende al año siguiente, tras un proceso de secado y resguardo cuidadoso.
Raíz familiar
El equipo de trabajo es, en su mayoría, familia. Hermanos, sobrinos y primos comparten la faena, reforzando un modelo donde el oficio se transmite de manera directa, sin manuales ni salas de clase. “Es una pega sacrificada, dura. El que la hace, la hace porque le gusta”, dice Patricio, convencido de que el bosque entrega sustento, pero también exige respeto y compromiso.
Aunque reconoce que el trabajo forestal le ha permitido sacar adelante a su familia, también admite que no desea necesariamente ese camino para sus hijos. “Es una vida dura”, repite, con la honestidad de quien conoce el esfuerzo diario que implica.
El bosque que hoy se maneja tiene cerca de 70 años y ya ha pasado por varias intervenciones a lo largo del tiempo. Es renoval, regenerado de manera natural, donde conviven especies como tepa, laurel y olivillo, prueba de que un manejo responsable puede convivir con la conservación. En esta zona, además, la prevención es parte del trabajo cotidiano: no fumar, cuidar las máquinas y mantener el orden son reglas básicas en un contexto donde los incendios forestales representan una amenaza permanente.
En medio de robles y coihues, el trabajo de Patricio Contreras Montoya refleja una relación profunda entre el ser humano y el bosque nativo de La Araucanía: un vínculo hecho de esfuerzo, conocimiento heredado y un equilibrio frágil, pero posible, entre producción y naturaleza.
Aunque se trata de una labor artesanal, es posible modernizarlo y aprovechar el potencial de las 300.000 hectáreas manejables que existen en la Araucanía, misma cifra para la región de los Ríos. El volumen podría sustentar a una nueva industria de productos de madera, únicos en el mundo.
Desde Acoforag destacamos que el bosque nativo es un patrimonio ambiental, social y productivo invaluable para el país. Su manejo responsable permite proteger la biodiversidad, generar empleo local y asegurar que estas formaciones naturales continúen entregando beneficios a las comunidades y a las futuras generaciones.
El reportaje en la Revista Acoforag
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