Por Simón Berti, presidente Colegio de Ingenieros Forestales
En distintas publicaciones y debates sobre una eventual nueva política de fomento forestal ha vuelto a instalarse una interpretación según la cual el DL 701 habría sido, esencialmente, un instrumento mediante el cual se reemplazó bosque nativo por plantaciones de pino y eucalipto.
Que hubo sustitución de bosque nativo es indiscutible. Lo que resulta discutible es presentar ese fenómeno como la explicación predominante de la expansión de las plantaciones forestales ocurrida en Chile durante las últimas décadas.
Las cifras ayudan a dimensionarlo.
Al momento de dictarse el DL 701, en 1974, Chile tenía del orden de 300 a 400 mil hectáreas de plantaciones forestales, según distintas fuentes históricas. Actualmente, INFOR sitúa esa superficie en alrededor de 2,3 millones de hectáreas. El aumento ha sido, por lo tanto, cercano a dos millones de hectáreas.
Diversos estudios estiman en algo más de 200 mil hectáreas la superficie de bosque nativo sustituida entre 1974 y 1992. Es una superficie importante y una consecuencia de aquel proceso de expansión forestal que una futura política de fomento debe expresamente evitar. Pero las magnitudes también importan: esas 200 mil hectáreas representan del orden del 10% del aumento experimentado por las plantaciones.
Dicho de otra manera, aproximadamente el 90% de ese aumento no se explica por esa sustitución.
Simón Berti.
¿Qué había antes de las plantaciones?
Esta es probablemente la parte menos conocida de la historia forestal chilena.
Durante siglos, extensas superficies del área posteriormente forestada perdieron su cubierta forestal original. Los terrenos fueron habilitados mediante tala y quema, utilizados posteriormente para agricultura y ganadería y sometidos durante décadas a procesos de erosión cada vez más intensos. Cuando dejaron de ser suficientemente productivos, muchos simplemente fueron abandonados.
La secuencia histórica de enormes extensiones del área posteriormente forestada no fue: bosque nativo → DL 701 → plantación.
Fue, en cambio: bosque original → tala y quema → agricultura o ganadería → erosión y degradación → abandono → forestación.
A la luz de las cifras disponibles, esta segunda trayectoria podría explicar una proporción cercana al 90% de la expansión de las plantaciones, una dimensión del proceso que suele quedar prácticamente ausente del debate público.
Los terrenos erosionados y abandonados tampoco permanecían ambientalmente neutros. Cada invierno perdían toneladas de suelo que terminaban en quebradas, esteros y ríos. La forestación permitió recuperar una cubierta vegetal permanente, controlar procesos erosivos, incorporar materia orgánica al suelo, contribuir a recuperar funciones del ciclo hidrológico y capturar CO₂.
Al mismo tiempo, esos terrenos comenzaron a producir un recurso natural renovable y dieron origen a una actividad económica que hoy genera exportaciones, empleo y actividad productiva en numerosas regiones del país.
También resulta necesario mantener una perspectiva territorial. Algunos estudios destacan comunas específicas donde la sustitución de bosque nativo alcanzó porcentajes elevados, incluso cercanos al 30%. Esos casos existieron y deben ser considerados. Pero existen también numerosas comunas forestales donde la sustitución fue muy baja o prácticamente inexistente. Seleccionar los casos extremos y extrapolarlos al proceso nacional inevitablemente entrega una imagen incompleta.
Chile prácticamente dejó de forestar
Existe además un problema mucho más actual que merece nuestra atención.
El sistema de incentivos del DL 701, modificado mediante la Ley 19.561 de 1998, terminó en 2012. Desde entonces, la incorporación de nuevas superficies mediante forestación se redujo a niveles mínimos.
Chile continúa reforestando después de las cosechas, pero prácticamente dejó de incorporar nuevos terrenos a la actividad forestal.
Esto ocurre mientras siguen existiendo superficies erosionadas o de baja productividad agropecuaria que podrían recuperar una cubierta forestal productiva y permanente.
Por eso Chile necesita un nuevo impulso a la forestación, pero con características distintas a las del instrumento creado hace medio siglo.
Un nuevo sistema de fomento debiera estar dirigido prioritariamente a pequeños y medianos propietarios y concentrarse en terrenos con algún grado de erosión. Debiera favorecer plantaciones manejadas con rotaciones largas, orientadas a producir madera sólida y productos de larga vida útil, antes que plantaciones destinadas exclusivamente a abastecer la producción de celulosa.
Esto tiene además una dimensión climática evidente: utilizar madera en viviendas y otras construcciones permite mantener almacenado durante décadas el carbono capturado por los árboles.
El instrumento también debiera contemplar incentivos suficientes para que el establecimiento de especies nativas pueda transformarse en una alternativa económicamente interesante para aquellos propietarios que opten por ellas. Plantar especies nativas supone costos, riesgos y plazos que el mercado por sí solo difícilmente remunera.
Sin embargo, en terrenos con erosión, la elección de las especies no puede responder solamente a preferencias generales sobre cuáles quisiéramos plantar. La velocidad con que se recupera una cubierta vegetal capaz de proteger el suelo es una consideración técnica fundamental. En estas condiciones, las especies de rápido crecimiento pueden cerrar sus copas y proteger el terreno en plazos cortos, reduciendo la exposición del suelo al impacto de la lluvia y a la escorrentía.
Muchas especies nativas, en cambio, presentan un crecimiento inicial más lento. En terrenos erosionados pueden requerir un período considerable antes de desarrollar copas capaces de proporcionar una cobertura efectiva del suelo. Durante ese tiempo la erosión continúa actuando y puede remover suelo alrededor de las plantas, dejar raíces expuestas y, en casos más severos, terminar descalzándolas y arrastrándolas. Paradójicamente, imponer especies de crecimiento lento para recuperar un suelo erosionado puede dificultar el establecimiento de la propia vegetación que se pretende fomentar.
Por eso, una nueva política forestal debe permitir que la especie y el manejo se definan de acuerdo con las condiciones de cada sitio y los objetivos de la forestación, respetando naturalmente las restricciones de protección establecidas por la legislación. Los incentivos especiales para especies nativas pueden y deben existir para quienes opten por ellas, pero imponerlas como solución general en terrenos erosionados podría terminar frustrando el propio objetivo de recuperar esos suelos.
Y existe una condición que a veces se olvida al diseñar políticas públicas: el propietario tiene que querer plantar. Podemos diseñar un instrumento con innumerables objetivos ambientales y productivos, pero si los incentivos, requisitos y plazos hacen que forestar no resulte atractivo para pequeños y medianos propietarios, tendremos una excelente política en el papel y prácticamente ningún árbol nuevo en el terreno.
Chile ya demostró que puede recuperar mediante forestación extensas superficies erosionadas y de baja productividad y, al mismo tiempo, crear un recurso renovable de enorme importancia económica.
La discusión que necesitamos no es si debemos repetir el DL 701 de 1974. Evidentemente no. El desafío es volver a poner en marcha la forestación en Chile, recuperar terrenos erosionados, capturar carbono y producir madera para usos de larga duración, mediante un instrumento que resulte suficientemente atractivo para que los propietarios efectivamente decidan plantar.
Columna publicada en BiobioChile
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