Para Pía Vergara, la naturaleza no es solamente un escenario. Es un espacio de aprendizaje, observación y conexión que ha marcado su vida. Fotógrafa autodidacta y directora ejecutiva de la Fundación Cerro Guido Conservación, ha construido una trayectoria en la que las imágenes de bosques, aves, animales y, especialmente, pumas, se transformaron en una manera de acercarse y comprender el mundo natural.
“Para mí la naturaleza es todo, es la base de todo. Siento que sin naturaleza uno no vive”, resume Pía, quien también observa con preocupación la distancia que existe actualmente entre las personas y el mundo natural.
Su vínculo comenzó desde pequeña. Nacida en Santiago, creció entre caballos, árboles y actividades ecuestres. Sus padres la acercaron a la equitación y buena parte de su infancia transcurrió en contacto con espacios naturales. “Siempre estuve metida entre las patas de los caballos, los árboles y todo”, recuerda.
Años después estudió Enfermería y se tituló como enfermera de la Cruz Roja, pero la fotografía terminó abriendo un camino profesional completamente diferente.
Primeros pasos
Su relación con la cámara comenzó de manera autodidacta, primero fotografiando a sus hijos y luego vinculándose con el mundo ecuestre. “Siempre me gustó la fotografía. Hacía fotos de mis hijos y me salían bonitas”, cuenta.
Después de separarse, buscó una actividad que le permitiera trabajar con mayor libertad y estar cerca de sus cuatro hijos. Así nació un emprendimiento ligado a los concursos ecuestres, justo cuando la fotografía digital comenzaba a abrirse paso.
El proyecto incluía un verdadero laboratorio móvil, con computadores, impresoras y equipamiento especializado. Fotografiar a los jinetes, imprimir las imágenes en el lugar y entregarlas rápidamente era algo novedoso para esos años.
“Pasaba las noches completas abriendo y cerrando ventanitas”, recuerda entre risas sobre sus primeros pasos con la tecnología digital.
Su trayectoria también la llevó al periodismo. Durante nueve años trabajó como fotógrafa freelance para la revista Caras, realizando retratos, entrevistas, viajes, portadas y reportajes. “Fue una súper linda experiencia para mí. Aprendí muchísimo. Fue una escuela súper buena”, reconoce.
Pero había un lugar al que siempre regresaba: Torres del Paine. Allí encontró aquello que realmente la apasionaba: la fotografía de naturaleza y, particularmente, los animales.
“Yo iba mucho al parque a hacer tracking de pumas. Al principio iba porque me gustaban, les hacía fotos y me gustaba estar sola allá”.
Mirada natural
Con los años, los pumas ocuparon un lugar central en su trabajo. Sus viajes al sur le permitieron conocer de cerca el conflicto entre la conservación de la fauna silvestre y la actividad ganadera.
Esa experiencia fue determinante para el nacimiento de la Fundación Cerro Guido Conservación. Pía comenzó a conversar con los propietarios de la estancia Cerro Guido y propuso estudiar los movimientos de los pumas, comprender su comportamiento y buscar fórmulas de convivencia con la ganadería.
“Me hice muy consciente del conflicto que había, sobre todo con el puma, que salía del parque y lo mataban en las estancias vecinas”, explica.
Lo que comenzó como un proyecto de investigación se transformó en un área de conservación y posteriormente en una fundación dedicada a proteger la biodiversidad.
Hoy, su labor como directora ejecutiva ocupa prácticamente todo su tiempo. Cuando está en Cerro Guido, aprovecha cada oportunidad para salir a terreno. Puede permanecer desde el amanecer hasta que oscurece esperando un puma, pero también observa aves, bosques, paisajes y, sobre todo, la luz.
Porque para Pía la fotografía comienza precisamente allí: en la capacidad de observar.
“No salgo con la intención de buscar una foto. Salgo con la intención de observar y ver lo que me va apareciendo”, explica.
Su método requiere experiencia, paciencia y sensibilidad. “Voy a ver qué me depara el día. A sentir, a escuchar, a oler, y ahí van apareciendo las imágenes”.
Las estaciones cambian, la luz se transforma y los animales sorprenden. Esa capacidad de asombro permanece intacta después de décadas detrás de una cámara.
“Cada día es distinto. El otro día estaba en terreno, al amanecer, y apareció una luna casi llena justo arriba de las Torres. En 30 años nunca me había tocado ver algo así”.
Hoy su principal motivación está en la conservación. La cámara sigue siendo una herramienta para registrar, comunicar y acercar a las personas a una naturaleza que, para Pía, resulta indispensable.
Acoforag destaca especialmente su compromiso con la conservación y la sensibilidad con que retrata la vida silvestre. A través de su mirada, cada bosque, ave o animal puede convertirse en una historia capaz de despertar curiosidad, respeto y conciencia sobre el patrimonio natural de Chile.
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